Capítulo 3: De lobos y de hombres

Capítulo 3: De lobos y de hombres

Hace más de 30.000 años los lobos se acercaron a los grupos humanos en busca de comida fácil rebuscando en sus desperdicios. Poco a poco ambas especies empezaron a convivir, cada vez una más cerca una de la otra. El ser humano no tardó en darse cuenta de que la compañía del lobo podría serle provechosa, para la caza, la guarda… Así comenzó una manipulación por la que los ejemplares mejor adaptados a las necesidades del hombre se cruzaban y reproducían. De esta forma, y durante miles de años de cruces y cruces, del lobo (canis lupus) se creó al perro (canis lupus familiaris). A día de hoy esta teoría está aceptada por la práctica totalidad de la comunidad científica, y es que el mapa genético de perro y lobo es prácticamente igual. De ellos puede decirse que pertenecen a la misma especie.

Toda esta historia siempre me hace pensar en qué estrecha y sorprendente conexión ha existido desde el albor de los tiempos entre el hombre y el lobo. Hasta el punto que empezaron a convivir de forma natural por los beneficios que mutuamente se aportaban. También me hace pensar en lo mucho que nos parecemos personas y cánidos; ambos necesitamos vivir en grupo, sociabilizar, organizarnos…Y en cuantas cosas, de las que solo el humano es capaz, nos diferenciamos.

El hombre hoy mata al lobo. No solo porque ataque a sus ovejas. No, lo mata por gusto. Porque hay quien disfruta con la muerte sin objeto, solo por el hecho de matar. Porque al lobo no nos lo comemos. Y su piel hace mucho que nos dejó de hacer falta para taparnos. El lobo ya apenas nos quita nada, y no nos da nada, muerto. Aún así al lobo se le persigue y se le mata, y se le odia. Cómo, si no es por odio puro, se cuelga por el cuello el cadáver de un lobo ibérico en la señal de un pueblo. Cómo, si no es por puro placer asesino existen casetas de tiro (¡prohibidas pero existen!) desde donde se les dispara atrayéndolos con carroña. Y esos que los masacran luego acarician las cabezas de sus perros de caza…A los que luego ahorcan en la rama de un árbol, en buena parte de los casos.

La historia del lobo, del perro, de los animales es siempre la misma, todo lo que hacen lo hacen dictados por el instinto: Matar, vivir, reproducirse, establecer lazos, morir. La historia de los seres humanos es muy distinta: Son capaces de los actos mas nobles de valor, solidaridad, amor, respeto…Y de los más terribles: Asesinar, torturar, violar, maltratar, destruir…

Esa doblez de la especie humana es la que hace que existan individuos capaces de colgar a un lobo muerto a la entrada de un pueblo. Y que existan y hayan existido personas como Félix Rodríguez de la Fuente, el pionero y mayor divulgador de naturaleza que haya visto este país y cuyo trabajo y amor por los animales, muy especialmente por el lobo, resuena con fuerza hasta nuestros días en la noble labor de asociaciones como Lobo Marley, por poner un ejemplo.

Disfrutar observando la belleza de la naturaleza viva, del lobo vivo y libre, es algo que engrandece el alma y la Historia del hombre. Disfrutar exterminando a todo ser vivo no hace más que denigrar al ser humano hasta el abismo más profundo de la maldad.

* Os animo a ver el vídeo de Lobo Marley del enlace  en el que su director Luis Miguel Domínguez, activo y reconocido divulgador de naturaleza, explica muchos datos de cómo actúan las casetas de la muerte y cuál es la terrible situación que están viviendo por atreverse a plantar cara a todos aquellos que se están lucrando de esta práctica ilegal y cruenta. Por favor, en su nombre, os pido que si podéis les déis una pequeña ayuda, la que sea, la necesitan. Y sobretodo el LOBO nos necesita.

Capítulo 1: ¡Qué viene el lobo!

Capítulo 1: ¡Qué viene el lobo!

El lobo es el antagonista de todos los cuentos. Entre las transformaciones  del espeluznante Drácula, el lobo es una. Asociado al mal por la más antigua tradición popular hasta el punto de la existencia del término licantropía, que tanto hace referencia a la transfiguración mitológica del hombre en lobo como al transtorno clínico real de quien cree convertirse en lobo.

No hay que reflexionar mucho para entender la raíz de todo este oscuro folklore. El hombre y el lobo son competidores en el medio natural. Y desde que uno se hizo ganadero el otro cazó a sus rebaños. El hecho de amenazar el sustento del ser humano le valió al lobo ser la personificación de lo maligno. Y de ahí surgen todas esas leyendas e historias de monstruos, de niñas engañadas, de abuelas devoradas, de cerditos astutos…

Pero la influencia del lobo en el imaginario popular sobrepasó el oscurantismo de la Edad Media. El grito “¡Qué viene el lobo!” se ha escuchado durante los siglos posteriores hasta bien entrada la era contemporánea. No hay más que acercarse al medio rural para apreciar cuan vigente está la figura del lobo entre los paisanos. Los mayores cuentan historias de juventud, de como iban a perseguir al lobo en grupos por el bosque como parte natural de la vida cotidiana. Como Fulano mató a tal lobo o como tal lobo le mató a Mengano diez ovejas y un mastín. Y no se quedan en historias del pasado. En esos entornos aún hoy se habla de quien y cuando ha visto al lobo.

Me gusta el romanticismo que hay en que se le nombre de esta forma identitaria que le da al animal ese tono casi fantástico o divino. No es lo mismo ver un lobo que ver al lobo. Sin embargo la realidad es mucho más prosaica y triste. Al lobo se le sigue exterminando como en los tiempos más negros de la Humanidad. Porque para el hombre sigue siendo más fácil matar que invertir en medidas sostenibles en una apuesta por el  respeto al medio ambiente y el desarrollo global de valores más elevados.   La leyenda negra del lobo le sigue estigmatizando, y una gran cantidad de gente, por puro desconocimiento, continúa identificando al lobo con aquello que hay que temer.

Como todo lo que supone un avance y una mejora para la sociedad solo con educación y conocimiento se erradicarán comportamientos e ideas aberrantes. Afortunadamente ya somos muchos los que nos interesamos por la vida salvaje y la importancia de su conservación. Pero seríamos muchos más y los problemas se solucionarían antes y mejor si la Administración tomara cartas reales en el asunto. Pero ese, será tema para otro capítulo.

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DE BESTIAS Y DE HOMBRES

DE BESTIAS Y DE HOMBRES

Este verano he tenido la oportunidad de visitar una buena cantidad de playas y calas. Playas de arena fina, de arena gruesa, de guijarros, de rocas… Algunas blancas, otras doradas, otras grises…pero casi todas sucias. Unas mucho, otras regular y otras poco. Pero la huella de la mierda humana había quedado estampada prácticamente en todas ellas. Durante el estío he vivido y observado diferentes episodios y comportamientos que me han dado que pensar durante todas estas semanas de calor que ya se acaban.

Todo más o menos empezó el día que ilusionada volvía con quien siempre me acompaña a una cala por la que tengo especial predilección. Su difícil acceso merece del todo la pena cuando por fin puedes deleitarte con espectáculo natural que supone el lugar. Estaba, como digo, ilusionada con volver, pues hacía dos años que no la visitábamos. Sin embargo una serie de desagradables sorpresas nos aguardaban allí. La cala, otrora toda calma y placidez, estaba abarrotada de barcos que habían fondeado para pasar el día allí. En seguida nos metimos en el agua deseosos de bucear y huir del bullicio naval. La decepción no hizo más que aumentar. En pocas brazadas pudimos observar que la cantidad de peces era mucho menor que hacía dos años. Y en la superficie flotaban restos de plásticos y despojos que había que ir esquivando. Pero aún no había llegado lo peor. La última vez que estuvimos allí mientras buceábamos en la cala vecina, silencio solo roto por el bramido del mar, pudimos ver a un cormorán* pescando bajo el agua a muy poca distancia de nosotros. Una experiencia maravillosa imposible de olvidar. Después sacamos la cabeza del agua y vimos a varios ejemplares posados en el roquedal. Pues bien, ese día ya no había rastro de cormorán alguno. Frustrada me tumbé en la toalla solo para encontrarme con colillas y envoltorios nada más girar la cabeza. Se apoderó de mi una rabia que se fue trasformando en tristeza a medida que pasaba el día. Llegaron las seis de la tarde y cuando nos íbamos, cargados con todas nuestras cosas, nos encaramamos al acantilado y pudimos apreciar desde lo alto como la mayoría de las embarcaciones habían abandonado el lugar, dejando tras de si un reguero de basura flotante como única prueba de su presencia. No hacía falta volver para saber que al día siguiente el episodio de los barcos y sus guarros navegantes volvería a repetirse. Me fui con la sensación de que habían corrompido un paraíso y también una parte de mí. Puede que para todos esos que habían llegado con sus yates la cala en cuestión solo fuera peñascos y agua salada. Pero para mí es un pequeño edén que descubrí de la mano de la persona que amo. Y todo ese plástico, todas esas colillas, esas latas, esos envoltorios, papeles, restos de comida, todo, estaba ahora ensuciando un trozo de mi corazón.

Lejos de ser un hecho aislado, fui comprobando a lo largo de las semanas y en nuestros distintos destinos que la falta de cuidado por los espacios naturales es alarmantemente habitual. Que los peces y las aves se han ido, es decir, que los han matado. Y toda esta experiencia ha ido generando en mi mente un pensamiento acerca de los seres humanos. Todos esos seres humanos que, como yo, han ido a buscar la belleza de las playas, a gozar del entorno único que suponen. Gratis y al alcance de todos. Y sin embargo, muchos de estos seres se dedican a pervertir, embrutecer y cuando no a destruir esa belleza. Como bacterias, van a explotar masivamente un lugar, agotando todo lo que de bello y hermoso pueda tener. Tirar su bazofia en la arena o en el agua, y matar a cualquier ser vivo de otra especie que encuentren, por insignificante que este sea, y sin ninguna intención alimenticia. Un afán destructivo parece ser parte inherente del espíritu humano, un gusto por la aniquilación, el arrasamiento y la muerte. Llamamos bestias a aquellos que carecen de razonamiento y buen obrar. También es la acepción para los animales cuadrúpedos. Con este placer por agotar y marchitar la belleza allá donde esta se halle bien me parece que el término debería de cambiar y ser la palabra humano u hombre la que venga a definir la rudeza, la ignorancia y la falta de respeto. La falta de respeto por la Naturaleza, que es aquello más grande que nosotros mismos. La falta de respeto por la vida en todas sus manifestaciones. Y finalmente la falta de respeto por los semejantes, pues al destruir, destruyen también lo que los otros han venido a disfrutar.

Algún tiempo después encontramos una pequeña calita de piedra, a la que llegamos tras atravesar a pie dos kilómetros de monte. Allí solo unas pocas familias. Bajo el mar, bancos de peces, sobre la arena ningún desperdicio. Pasamos el día estirados bajo el sol, arrullados por el único sonido del mar y las gaviotas. Cuando llegaron las seis de la tarde empezamos a pensar en volver a casa. Pero antes de irnos alguien decidió visitarnos. Delante de nosotros un bonito cormorán con el cuello amarillo salía y se zambullía en el agua buscando peces. Me marché con la esperanza de que el amor por lo precioso y el gusto no solo por vivirlo, sino por cuidarlo aún puede extenderse, y que sea esto lo que domine los actos de la mayoría y no al contrario. Porque cuidar lo que la Tierra nos ha regalado es engrandecer esa esencia virtuosa que supuestamente define lo humano.

* Cormorán: Ave palmípeda del tamaño de un ganso, con plumaje de color gris oscuro, collar blanco, cabeza, moño, cuello y alas negros, patas muy cortas y pico largo, aplastado y con punta doblada. Nada y vuela muy bien, habita en las costas y alguna vez se le halla tierra adentro.

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También quiero añadir esta famosísima secuencia de la película de Standley Kubrick 2001: Una Odisea en el Espacio. Muestra muy bien ese afán destructivo que parece acompañar al hombre desde el inicio de los tiempos: