MIS METAS AJENAS

MIS METAS AJENAS

Es una tarde gris de octubre en Barcelona. El otoño se ha presentado con su aspecto más típico. Hace semanas que llueve. Y eso para un gallego es lo más normal del mundo. Pero para los hijos del Mediterráneo no deja de ser una incómoda novedad. Parece que no sepamos bien como funcionar sin los rayos del sol. Con el paso mojado de los días a los malacostumbrados a la luz se nos ensombrece el gesto.

 Llevo días pensando en algo. No me atrevería a llamarlo revelación pero sin duda es un descubrimiento.Acabo de cumplir treinta y tres años. Hace ya diez que vivo en esta ciudad, hoy plúmbea, normalmente blanca y azul, como donde nací. No hace mucho que una acuciante ansiedad por fin me ha abandonado. No había sido consciente del todo de ella, más que en contadas ocasiones. Pero estaba constantemente ahí, como un silbido continuo, como un martilleo rítmico e incesante.

 Nos plantamos en este mundo de adultos como niños malcriados y dudosos. Y empezamos a caminar dando tumbos con un enorme letrero delante que en rojo reza: META. Y entonces empiezas el recorrido en busca de pequeños logros que llevan al gran triunfo final: el ÉXITO. Pero durante el camino surgen cuestiones. Cuestiones que uno puede ignorar, caminando hacia delante como un asno con anteojeras. O que puedes intentar responder. Y esa respuesta puede ser una mentira cómoda. O puede ser una verdad punzante como el agua helada.

 Todos tenemos una cualidad más desarrollada. Algunos tienen un increíble don de gentes. Otros una prodigiosa memoria. Algunos poseen una mano fabulosa para la cocina. Otros entienden perfectamente la mecánica de los aparatos. Algunos pueden venderte hasta a su abuela y otros son capaces de pintar las escamas de la piel humana. Y entre una ingente cantidad de tendencias innatas o aprendidas, hay personas que escriben. Personas que mediante la palabra escrita encuentran el vehículo natural para expresarse, comunicarse, transmitir o, simplemente, existir. Ser.

 Como lo mejor que he sabido hacer en mi vida ha sido escribir, como siempre me ha producido una alegría y seguridad totalmente intrínsecas a mi persona, un día concluí que escribir era mi profesión. No llegué a ese día por la vía recta. Tropecé con incontables escollos y me equivoqué tomando numerosos caminos alternos que no llevaban a ningún lado. Un camino sin salida, un camino sin satisfacción.

 No sin mucho insistir conseguí llegar a un lugar donde escribías y te pagaban por ello. La vida quiso darme una oportunidad y por unas circunstancias azarosas, y también porque les gusté, me contrataron. Hace ya cinco años que cobro por escribir. Cada mañana me levanto, viajo en metro de mi casa al centro de la ciudad, llego a la productora y me siento delante de un ordenador a escribir. Cada final de mes mi cuenta recibe un ingreso satisfactorio por hacerlo. Y además me gusta. Entonces, ¿por qué he estado todo este tiempo con una constante desazón interior? ¿por qué me he presionado y culpado por no hacer más, por llegar más allá, por “desperdiciar el tiempo”? ¿por qué creía que tenía que buscar como demostrar todo mi potencial? ¿por qué tenía que escribir y presentarme a concursos literarios para ganar? ¿por qué tenía que acabar mi novela y publicarla a toda costa?

 Andando a pasitos hacia eso que llaman la ¿madurez? he ido cargando con una losa sobre mis hombros que me presionaba hacia abajo sin permitirme levantar la cabeza y ver el horizonte. La búsqueda del ÉXITO me estaba provocando un terrible dolor de espalda.

 Sería muy fácil echarle la culpa a la “sociedad”,  que nos ha inculcado que siempre hay que llegar más lejos, ambicionar nuevos retos, superarse, lograr tus sueños… Viviendo a su vez en un constante estado de insatisfacción. Pero, ¿qué pasa cuando un día te levantas y te das cuenta que tus sueños no tienen nada que ver con todo eso por lo que te has estado obligando a esforzarte? ¿qué pasa el día que te paras y realmente te preguntas quién eres y qué es lo que quieres? No voy a mentir. Para contestar a esas preguntas hace falta tener valor, porque puede que la respuesta no te guste. Pero si quieres vivir con cierta paz interior más vale encajar la verdad, aceptarla y finalmente ser lo más feliz posible con ella.

 Yo nunca había contestado con sinceridad a esas preguntas. Hasta hace poco. Supongo que las vivencias te van situando en el momento indicado para afrontar determinadas cuestiones. Un día me pregunté, con suma sencillez: “¿Qué quieres? Pero… ¿Qué quieres de verdad?” Las respuestas fueron tan sencillas como la pregunta: Quiero despertar cada mañana y verme en los ojos de quien amo; quiero que la gente que quiero esté bien; quiero ver brillar el sol, el vuelo de los pájaros, admirar una flor en medio del asfalto. Quiero pasear por un bosque; quiero bañarme desnuda en el mar. Quiero disfrutar de una tarde de risas con mis amigos, degustar un buen vino, ir a cenar con mi familia. Quiero ver a los niños y a los perros jugando por la calle. Quiero viajar, descubrir sitios nuevos, nuevos sabores y olores. Quiero deleitarme admirando una obra de arte. Quiero cantar mal las canciones que me gustan. Quiero que me hagan reír. Quiero ver películas buenas. Quiero llorar de emoción. Quiero leer buenos libros. Quiero disfrutar de la escritura cuando la escritura me llame.

 Entre todas esas respuestas no estaba el ÉXITO. Fue duro admitir para alguien a quien le gusta crear, que en realidad, no alberga deseo alguno de conseguir un cénit, una cumbre última y total. Qué el cartel de META con letras rojas se ha hecho añicos. Aceptar que la máxima ambición que se tiene en la vida es disfrutarla todo lo posible, afrontando los momentos difíciles, celebrando los fáciles.

Ojala siempre pueda trabajar de lo que me gusta. Ojala siempre pueda sentarme a escribir por placer. Me he desprendido de las metas que eran de otros. No espero de mí “la gran cosa”. Y me siento libre para simplemente celebrar mis sencillos, simples y alcanzables sueños, sin rastro alguno de decepción. Al contrario, con orgullo de no tener que hacer nada “especial” para sentirme satisfecha.

 Decía José Luis San Pedro que el escritor es como un minero, tiene que cavar en su interior para poder escribir de verdad.
Las últimas gotas de lluvia resbalan por el cristal de la ventana. Unos rayos naranjas del último sol se filtran a través de las ramas de los árboles. En Barcelona por fin ha dejado de llover y el sol ilumina nuestros rostros mimados por la luz.

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