OCHO AÑOS EN BARCELONA

OCHO AÑOS EN BARCELONA

Este mes de octubre he cumplido ocho años viviendo en la mítica ciudad condal. Como me sorprendí diciéndole hace poco a un amigo: “yo, que había venido a estudiar.” Y así era, en un principio llegué aquí por un plazo de tiempo determinado, y después…Después todo dependía de donde saliera el trabajo, de donde me dirigieran mis pasos. Tal vez volver a casa, a Alicante, si existía una oportunidad en el campo de los medios. La crisis del 2008 estaba entonces aún por estallar y una podía esperar muchas cosas (hoy inverosímiles) respecto al trabajo. Por aquél entonces poco podía imaginar acerca de los giros que me daría la vida cuando llegué desde mi pequeña ciudad costera a Barcelona, con, valga el lugar común, una maleta llena de sueños.

Alicante es, no sólo la ciudad en la que nací y crecí, y donde siempre tendré un hogar. Es también para mí la ciudad de las primeras veces. De los descubrimientos, de los primeros amores, y los primeros desengaños, las primeras aventuras, de los primeros juegos al límite, de los primeros dolores. No puedo evitar vincular Alicante con el despertar a esa nueva dimensión que es el paso de la infancia a la adolescencia.

A mi llegada a Barcelona no estaba preparada en absoluto para lo que me esperaba, que era un segundo despertar, mucho más intenso y potente que el anterior. Los años fueron pasando, y la frivolidad despreocupada de la juventud más temprana fue evolucionando a una responsabilidad forzosa e indispensable para sobrevivir en la jungla de asfalto. Ese asfalto que tan frío y duro me pareció el día en el que la realidad me sacó de un empujón de la fantasía. Y por el camino, tantas experiencias, tantos lugares, tantas noches, tantas palabras, tantas personas. Las que pasaron de largo, las que quedaron, las que me dejaron huella y las que preferí borrar de un soplido, como la ceniza que te cae en la ropa.
He aprendido algunas cosas, y me quedan, por fortuna, tantas por aprender. He aprendido que la suerte se busca, no viene sola. Que cuando tienes el valor de saber que es lo que quieres, lo que realmente deseas, aunque parezca una locura y vas poniendo un pasito tras el otro para conseguirlo, es entonces cuando los sueños de aquella maleta empiezan a hacerse realidad. Y aunque a veces  la vida te clave sus espinas, las cicatrices que te quedan te ayudan a agarrar mejor los acontecimientos.

En Barcelona dejé de ser la adolescente eterna. Y cuando el mundo que conocía se extinguía para no volver jamás, re-tropecé con alguien, con quien, poco podía imaginarlo entonces, iba a construir los cimientos de una etapa completamente nueva. Una etapa en la que el valor de las vivencias no reside en un placer intenso y fugaz, sino en la calidad de hacer y sentir lo que te hace verdaderamente feliz.

Barcelona vetusta, camino por tus calles y no puedo más que pensar, que mientras tú sigues siendo la misma que hace ocho años, yo no he parado de cambiar. Supongo que el período que yo he pasado aquí coincide con ese momento crucial en la vida de las personas que he mencionado, pero, lo cierto es que, coincidencia o no, en Barcelona he vivido los años más importantes de mi vida. Y cuando en los momentos de cierta debilidad miro hacia atrás y pienso en todas esas cosas que pude haber hecho de otra forma, en realidad, solo puedo concluir que, todo lo que he hecho, con mis errores y aciertos, conforma los pasos que me han traído hasta donde estoy ahora. Y es este ahora el mejor en el que he estado jamás.

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