DE BESTIAS Y DE HOMBRES

DE BESTIAS Y DE HOMBRES

Este verano he tenido la oportunidad de visitar una buena cantidad de playas y calas. Playas de arena fina, de arena gruesa, de guijarros, de rocas… Algunas blancas, otras doradas, otras grises…pero casi todas sucias. Unas mucho, otras regular y otras poco. Pero la huella de la mierda humana había quedado estampada prácticamente en todas ellas. Durante el estío he vivido y observado diferentes episodios y comportamientos que me han dado que pensar durante todas estas semanas de calor que ya se acaban.

Todo más o menos empezó el día que ilusionada volvía con quien siempre me acompaña a una cala por la que tengo especial predilección. Su difícil acceso merece del todo la pena cuando por fin puedes deleitarte con espectáculo natural que supone el lugar. Estaba, como digo, ilusionada con volver, pues hacía dos años que no la visitábamos. Sin embargo una serie de desagradables sorpresas nos aguardaban allí. La cala, otrora toda calma y placidez, estaba abarrotada de barcos que habían fondeado para pasar el día allí. En seguida nos metimos en el agua deseosos de bucear y huir del bullicio naval. La decepción no hizo más que aumentar. En pocas brazadas pudimos observar que la cantidad de peces era mucho menor que hacía dos años. Y en la superficie flotaban restos de plásticos y despojos que había que ir esquivando. Pero aún no había llegado lo peor. La última vez que estuvimos allí mientras buceábamos en la cala vecina, silencio solo roto por el bramido del mar, pudimos ver a un cormorán* pescando bajo el agua a muy poca distancia de nosotros. Una experiencia maravillosa imposible de olvidar. Después sacamos la cabeza del agua y vimos a varios ejemplares posados en el roquedal. Pues bien, ese día ya no había rastro de cormorán alguno. Frustrada me tumbé en la toalla solo para encontrarme con colillas y envoltorios nada más girar la cabeza. Se apoderó de mi una rabia que se fue trasformando en tristeza a medida que pasaba el día. Llegaron las seis de la tarde y cuando nos íbamos, cargados con todas nuestras cosas, nos encaramamos al acantilado y pudimos apreciar desde lo alto como la mayoría de las embarcaciones habían abandonado el lugar, dejando tras de si un reguero de basura flotante como única prueba de su presencia. No hacía falta volver para saber que al día siguiente el episodio de los barcos y sus guarros navegantes volvería a repetirse. Me fui con la sensación de que habían corrompido un paraíso y también una parte de mí. Puede que para todos esos que habían llegado con sus yates la cala en cuestión solo fuera peñascos y agua salada. Pero para mí es un pequeño edén que descubrí de la mano de la persona que amo. Y todo ese plástico, todas esas colillas, esas latas, esos envoltorios, papeles, restos de comida, todo, estaba ahora ensuciando un trozo de mi corazón.

Lejos de ser un hecho aislado, fui comprobando a lo largo de las semanas y en nuestros distintos destinos que la falta de cuidado por los espacios naturales es alarmantemente habitual. Que los peces y las aves se han ido, es decir, que los han matado. Y toda esta experiencia ha ido generando en mi mente un pensamiento acerca de los seres humanos. Todos esos seres humanos que, como yo, han ido a buscar la belleza de las playas, a gozar del entorno único que suponen. Gratis y al alcance de todos. Y sin embargo, muchos de estos seres se dedican a pervertir, embrutecer y cuando no a destruir esa belleza. Como bacterias, van a explotar masivamente un lugar, agotando todo lo que de bello y hermoso pueda tener. Tirar su bazofia en la arena o en el agua, y matar a cualquier ser vivo de otra especie que encuentren, por insignificante que este sea, y sin ninguna intención alimenticia. Un afán destructivo parece ser parte inherente del espíritu humano, un gusto por la aniquilación, el arrasamiento y la muerte. Llamamos bestias a aquellos que carecen de razonamiento y buen obrar. También es la acepción para los animales cuadrúpedos. Con este placer por agotar y marchitar la belleza allá donde esta se halle bien me parece que el término debería de cambiar y ser la palabra humano u hombre la que venga a definir la rudeza, la ignorancia y la falta de respeto. La falta de respeto por la Naturaleza, que es aquello más grande que nosotros mismos. La falta de respeto por la vida en todas sus manifestaciones. Y finalmente la falta de respeto por los semejantes, pues al destruir, destruyen también lo que los otros han venido a disfrutar.

Algún tiempo después encontramos una pequeña calita de piedra, a la que llegamos tras atravesar a pie dos kilómetros de monte. Allí solo unas pocas familias. Bajo el mar, bancos de peces, sobre la arena ningún desperdicio. Pasamos el día estirados bajo el sol, arrullados por el único sonido del mar y las gaviotas. Cuando llegaron las seis de la tarde empezamos a pensar en volver a casa. Pero antes de irnos alguien decidió visitarnos. Delante de nosotros un bonito cormorán con el cuello amarillo salía y se zambullía en el agua buscando peces. Me marché con la esperanza de que el amor por lo precioso y el gusto no solo por vivirlo, sino por cuidarlo aún puede extenderse, y que sea esto lo que domine los actos de la mayoría y no al contrario. Porque cuidar lo que la Tierra nos ha regalado es engrandecer esa esencia virtuosa que supuestamente define lo humano.

* Cormorán: Ave palmípeda del tamaño de un ganso, con plumaje de color gris oscuro, collar blanco, cabeza, moño, cuello y alas negros, patas muy cortas y pico largo, aplastado y con punta doblada. Nada y vuela muy bien, habita en las costas y alguna vez se le halla tierra adentro.

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También quiero añadir esta famosísima secuencia de la película de Standley Kubrick 2001: Una Odisea en el Espacio. Muestra muy bien ese afán destructivo que parece acompañar al hombre desde el inicio de los tiempos: