LA VIDA ENTRE COSTURAS

LA VIDA ENTRE COSTURAS

Hace algún tiempo estaba en la tienda que mi madre y mi hermana dirigen en Alicante. Es una tienda de ropa de mujer. Recuerdo que mi hermana y yo hablábamos sobre la serie de televisión basada en el libro de María Dueñas El tiempo entre costuras. Mi hermana contaba que un día había visto un fragmento de un capítulo en el que la protagonista, una modista, cortaba una tela con unas tijeritas ridículas. Nos reímos. Aunque creo que por parte del atrezzista es un error a señalar, es cierto que no todo el mundo tiene por qué saber que con unas tijeras comunes no se puede cortar adecuadamente una pieza de tela para trabajar con ella. Pero si has crecido rodeado de útiles de confección, sabes perfectamente que las tijeras de cortador son unos monstruos metálicos de casi un kilo de peso. Mi madre, que lleva cerca de cincuenta años trabajando la prenda, tiene la mano derecha mucho más grande que la izquierda por el uso continuado de esta herramienta de aspecto feroz.

En tantos años trabajando de sol a sol a mi madre le ha dado tiempo a tener tres hijos. Aunque muy distintos entre nosotros, si algo tenemos en común es que los tres hemos estado a punto de nacer en La Tienda. La Tienda, con mayúsculas, donde los tres no sólo casi nacimos, sino también donde crecimos entre vestidos y telas, patrones, hilos y máquinas de coser. Donde hemos visto a nuestra madre pasar una vida entera de rodillas para coger dobladillos. En pocas personas he visto, ni creo que vea, una dedicación mayor a su profesión, un espíritu más grande de sacrificio. Porque mi madre se ha dejado en La Tienda sangre, sudor y lágrimas, y no de una forma metafórica, sino literalmente. Y en pocas personas he visto ni veré tan personificado el dicho de que en casa del herrero cuchillo de palo. Porque en La Tienda puedes encontrar de todo, incluidos botones de los años sesenta genuinos. Pero encontrar una aguja en casa de mi madre es completamente imposible, mucho más que en el consabido pajar. Que no alfileres, alfileres hay por todas partes, porque lleva todos esos años trayéndolos sin darse cuenta pinchados en la solapa de su chaqueta. Una de sus muchas e inconfundibles señas de identidad.

Después de crecer en La Tienda pasé la adolescencia esperando a que mi madre llegara a casa del trabajo, nunca antes de las nueve y media de la noche. Ansiaba el sonido de su voz cansada, pero forzadamente alegre, sólo para reconfortarme en el frío  de aquél castillo.
En una de mis últimas visitas a Alicante mi madre me contaba que nunca olvidará aquél día nublado en el que cogimos las maletas y las dos juntas nos fuimos de casa. Yo nos recuerdo juntas pero solas, como dos islas vecinas, cada una asolada por su propia tormenta de miedos, complejos y dolor. Y en las noches de lluvia, el sonido de las goteras recogidas en cubos nos hacía conscientes de esa tempestad que disfrazábamos de normalidad para hacernos más fuertes.

No fueron tiempos fáciles pero nos unieron de una forma difícil de explicar. Por eso puedo decir que mi madre es la persona que más me ha influido en la vida. Porque yo he visto a mi madre arrastrarse por el barro miserable. Pero también la he visto renacer con más fuerza y más fulgor que el más brillante ave Fénix. No puedo sentirme más orgullosa de ella, de la persona que hay tras su historia de sonrisas y lágrimas, con sus claroscuros, con su perfecta imperfección que la moldea en su singular originalidad. Lógicamente todo el mundo dirá lo mismo de su madre, pero es que la mía es alguien especial. Nadie que la conoce queda indiferente, pues para todo el mundo tiene una sonrisa y una palabra amable. A veces sus hijos nos metemos con ella en broma y le decimos que eso es deformación profesional tras tanto tiempo dedicada al ingrato trabajo de cara al público. Pero lo cierto es que mi madre lo hace sinceramente, porque  ella es así, mostrando transparente su enorme corazón de niña.

Como todas las relaciones intensas de la vida, la mía con mi madre no ha sido siempre un camino plagado de rosas. Pero nunca le agradeceré lo suficiente, no sólo lo que todas las madres hacen con sus hijos, que es darles la vida antes y después de parirlos, sino también ser la persona que siempre ha creído en mí, incluso cuando yo misma dejaba de hacerlo. La persona que siempre ha apoyado mis sueños, especialmente en los momentos más duros, que me ha animado a luchar, a no rendirme jamás, al son de esa frase tan suya en un valenciano semi inventado de “tiesesica i al cantonet”.

Mi madre, Amparo Parreño, cumple hoy setenta años y quiero dedicarle estas palabras en un humilde homenaje, pues se queda muy corto para todo lo que ella se merece.
¡Feliz cumpleaños mamá! ¡Te quiero!

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